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Raíces americanas

Raíces americanas
América: un continente por descubrir

Iremos tras las huellas del meteorito que destruyó los dinosaurios e hizo posible la emergencia de nuestros primitivos ancestros. Seguiremos la huella del hombre americano, para beber de la savia ancestral de esa sabiduría que pudo elaborar la más precisa de las astronomías. Iremos juntos a restaurar nuestras raíces, a ascender nuestra humanidad común y sentir el honor y la dignidad de ser los herederos de esas culturas solares que descubrieron en la naturaleza la mejor de las medicinas.

GEOLOGÍA DE NUESTRAS RAÍCES

Las colosales fuerzas de un plan escondido en la geología separaron los continentes hijos de su madre: Pangea. Y África se separó de Amé- rica. Desde la noche de los tiempos, liberada por el océano ondeante de la evolución geológica, la gran cadena de los Andes fue emergiendo. Y la caricia de las grandes placas tectónicas creó la fuerza colosal que hoy sigue ascendiendo por las montañas jóvenes de nuestra América. Así, Tiahuanaco, la puerta del sol en el corazón de los Andes, ha podido originariamente ser un puerto sobre el Pacífico.

En un lejano día, plasmado en nuestros mitos y leyendas del diluvio, esas mismas fuerzas cíclicas, que ascienden y descienden, sumergieron a la Atlántida.

En esa América aún flota el pasado remoto de la vida sobre las islas Galápagos. Es el continente donde permanecen, no sumergidos aún, los fantásticos vigías de la isla de Pascua. Es la tierra americana, tan joven como antigua, el cultivo donde dieron su fruto un día culturas extraordinarias. Continente aún por descubrir, en la América de nuestros ancestros estamos llamados a encontrar esa sabiduría profunda que ha sido savia de las grandes culturas americanas.

Esta es la América a la que rendiremos tributo en la península de Yucatán, la Riviera Maya y las tierras altas de Guatemala. Entraremos en contacto reverente con esa América de la cultura de San Agustín y de Paracas, la de los Incas, los Mapuches y los Mayas. La de la Araucanía indómita y la América sagrada, de las megalópolis sumergidas en la selva. La de los templos del sol y de la luna, la de la cruz y las pirámides escalonadas. La América inca de los intihuatanas, espejos de agua para reflejar el cielo estrellado, y la de las culturas sabias de la astronomía más avanzada. Es nuestra América, la de Machupichu, el templo recóndito de las vírgenes del sol.

En esta América de grandes misterios aún por develar, nos dice una antigua tradición que están los vestigios de la primera gran avanzada de la humanidad. Es el templo de I.B.E.Z., ubicado en algún lugar de la selva amazónica entre Perú, Bolivia y Brasil.

LA HUMANIDAD AMERICANA

Millones de años debieron transcurrir, para que desde la cresta del oleaje evolutivo, la humanidad se precipitara como síntesis de esa naturaleza emergente, que había florecido en los tres reinos de la naturaleza que constituyeron nuestra naturaleza. Tiempos prolongados, que en los órdenes de la geología son sólo momentos, transcurrieron antes de que desde la falla del Rift, ese surco africano de la tierra fértil desde donde surgió la primera diáspora de pobladores humanos de la tierra, se generaran las primeras oleadas migratorias hacia África y Europa.

En el fértil y delgado manto de la tierra, desde la biosfera que creó la atmósfera de una nueva tierra, emergió del hombre animal el ser humano y el embrión de humanidad. Nos dicen antiguas tradiciones que esta transición de fase, un verdadero cambio cualitativo en la evolución de la biología del homínido a la conciencia de lo humano, fue guiada por los maestros, los rishis, los videntes y señores del reino imaginal, con las fuerzas plasmadoras del mundo suprasensible, antes de su precipitación sobre las formas aparentes que podemos registrar con los sentidos.

En este planeta de agua, la tierra del sentir que ha entretejido la trama de la vida, el espíritu de las profundidades anima la sabiduría ancestral, esa que se ha manifestado en las lenguas y culturas de todas las latitudes. Allí encontramos esa América de los vínculos con el noreste y el sudeste asiático, la América de las ciudades imperiales que precedieron durante siglos la emergencia de los grandes imperios europeos. En el corazón de esta América profunda a 4.000 metros de altura en el fondo oscuro de ese mar interior que es el Titicaca, al lado de antiguas ruinas y las ranas fantásticas, nos encontramos fósiles procedentes del fondo del océano pacífico.

Al remover la memoria guardada en tierras, montañas y culturas milenarias, nos remontamos más de 10.000 años en la historia para encontrar las oleadas migratorias. No sabemos aún si iban o venían o volvían por los caminos de ida y regreso del océano Pacífico. Sabemos, eso sí, que sembraron las semillas de los antiguos guías, los tunupas y señores de la llama, los antiguos maestros que guiaron la humanidad emergente.

UNA CULTURA DEL ALMA LOS TRES PRINCIPIOS, LAS TRES AMÉRICAS
La anaconda, el jaguar, el águila. Quetzalcoatl. La serpiente emplumada.

En el Sur, el territorio sagrado del cóndor; en el centro, los herederos del jaguar y la anaconda; hacia el Norte, el vuelo de las águilas. La energía animal que va ascendiendo en el bello símbolo de la serpiente emplumada, en el que se conjugan el inframundo del reptil, el mundo del jaguar y el símbolo del alma que emprende el alto vuelo de la visión humana. El hombre americano en su sensibilidad profunda incorporó los arquetipos o espíritus para encontrar la visión universal del chamanismo, que comparte en todas las culturas los mismos hilos conductores que han tejido las distintas dimensiones del inframundo, el mundo medio y el mundo superior.

Nos encontramos con el nele, la machi, el jaibaná, el mamo, el paco, el yatiri, el sabio, los mayores, los ancianos y todas las modalidades del chamán con sus cosmovisiones integradoras de las dimensiones invisibles con el universo tangible. Maestros del mundo imaginal, navegantes del océano de la conciencia transpersonal. Estos antiguos videntes nos enseñaron que la mente va más allá de lo racional y de la razón. De su legado vivo aprendimos que se puede vivir de corazón y que el viaje al interior permite, a través del trance y los estados extáticos, el conocimiento de mundos suprasensibles. Para buena parte de los chamanes, la enfermedad implica una pérdida de contacto con el alma y la necesidad de traer ese contacto de nuevo, lo que entraña la concepción de una salud que sucede dinámicamente desde adentro. En su legado no quedan principios activos, pues hay medicamentos vivos contenidos en la energía de los animales y las plantas. Nos enseñaron de las enfermedades inducidas o maleficios, del vampirismo energético y sus efectos, del precio bioló- gico de la desconexión con la naturaleza. Y, sobre todo, nos enseñaron en el arte supremo del viaje extático para rescatar el alma, que cada ser tiene una dimensión profunda y subjetiva que mantiene y restaura esa integridad armónica de la salud.

CHAMANES, LOS MÉDICOS DEL ALMA

Las tierras americanas han parido los mejores maestros del ritual y los estados ampliados de conciencia. En los rituales de las machis en la Araucanía, en el que la chamana se conecta con las machis ancestrales y emprende en alas del éxtasis la cabalgata celeste, que le permite hablar directamente con el Padre para conocer la causa y la terapia de la enfermedad.

En la profundidad más autóctona de la América andina, residen los maestros del ritual de la mesa andina. Entre ellos, depositarios de la cultura médica más antigua de las Américas y probablemente del mundo, los kallawayas son aún hoy maestros de la agricultura ritual, adivinos consagrados, grandes sanadores y arquitectos de las relaciones comunales. En el pueblo boliviano de Amarete, un rincón perdido en la inmensidad de los Andes, encontramos un hospital en el que lo mejor de la medicina Kallawaya se ejerce oficialmente en conjunción con el paradigma médico oficial. Esta es una prueba viva de la complementariedad de sistemas de salud y paradigmas médicos.

Con los anteojos de un paradigma químico reduccionista no nos será posible percibir las fuerzas plasmadoras de una naturaleza viva, como las experimenta el chamán de los embera, el jaibaná, que puede invocar los jais o espíritus de la selva. Reconocemos en sus tratamientos las mismas prácticas rituales que encontramos a través de geografías y tiempos distantes: el sonido del caracol desgarrando el silencio, las hojas de palma como manos que activan la energía del biocampo, y la danza y el aliento. Repetido en los confines de la América de mil modos diferentes, todos los rituales parecen estar entretejidos con los mismos hilos conductores: el alma, el tránsito hacia el mundo invisible, el rescate y regreso del alma prisionera, el soplo, el renacimiento, el cambio desde adentro, y la eliminación del objeto que ha parasitado el cuerpo. Allí, en medio de la América rural, aún resiste el espíritu de la tradición al continuo arrasamiento que comenzó con el mal llamado descubrimiento. Modelos de sociedad y de gobierno avanzados aún perviven en las islas del lago Titicaca. En el mismo, lugar los Uros en sus islas flotantes son vestigios de una protohistoria que nos hace pensar que América es un antiguo continente. La etnobotánica nos ha revelado que, sin complejidades tecnológicas ni costosos laboratorios, nuestros ancestros americanos manejaban una farmacopea vegetal excepcional.

Maestros de la navegación interior, los chamanes andinos, los amazónicos, los del centro y norte de América fueron maestros de los espíritus tutelares de las plantas maestras empleadas en las técnicas arcaicas del éxtasis. Este uso de los enteógenos en un contexto ritual sagrado, que exige dieta y preparación estrictas bajo la guía de un auténtico maestro, nada tiene que ver con la moda de su empleo cuasi recreativo en nuestra cultura occidental.

Hoy, una nueva cultura de la salud implica, con lo mejor de la ciencia occidental, el rescate de la sabiduría de nuestros sistemas médicos ancestrales. Implica, además de la observación objetiva, el rescate de una naturaleza que también es profunda y subjetiva, para que la música de la vida no sea reducida al sustrato molecular, para que podamos utilizar nuestro cuerpo como el mejor de los instrumentos para revelar la sinfonía de toda la naturaleza inscrita en nuestra naturaleza humana.

Que inspirados en la sabiduría de los antiguos sabios americanos, emprendamos todos hoy el viaje interior que nos permita rescatar el alma para nuestros sistemas de salud. Este año, en el Congreso y caravana al corazón del mundo Maya haremos juntos un viaje a través del legado de la medicina tradicional americana. Todos somos bienvenidos.

JORGE CARVAJAL POSADA

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