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Riesgos en el entorno: Bajas frecuencias

El número de focos generadores de contaminación electromagnética en nuestro entorno ha ido aumentando progresivamente año tras año. Entre los focos emisores de contaminación electromagnética más importantes que podemos encontrar en el exterior de los edificios están las líneas eléctricas, los transformadores y las antenas de telefonía móvil, wifi, radio y televisión, que son habituales y forman parte del paisaje, aunque cada más frecuentemente se entierren las líneas eléctricas, se escondan los transformadores o se oculten las antenas.

Dentro de las viviendas encontramos las bases de los teléfonos inalámbricos que usan el sistema DECT, que en la mayoría de los casos están activas veinticuatro horas al día, los routers wifi, que emiten radiofrecuencias constantemente mientras están encendidos, o los propios teléfonos móviles y los inalámbricos, que emiten fuertes campos electromagnéticos mientras se usan.

Los niveles de exposición a que se encuentran sometidas las personas son un buen baremo para valorar los potenciales efectos nocivos. Asimismo, uno de los mayores problemas de las radiaciones es que no pueden ser detectadas por nuestros cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto o tacto.

Los transformadores y las redes de distribución eléctrica de alta, media y baja tensión son uno de los focos emisores de radiaciones electromagnéticas de extremada baja frecuencia de mayor riesgo potencial para la población en general.


Líneas eléctricas

Las líneas eléctricas generan campos electromagnéticos debido a la corriente eléctrica alterna (va cambiando la carga en positiva y negativa) que circula por un conductor, y pueden producir campos electromagnéticos intensos.

La corriente alterna se utiliza para generar energía eléctrica, gracias a la posibilidad de utilizar transformadores para variar el voltaje por inducción magnética. Así, la electricidad sufre una serie de procesos y traslados, desde la planta generadora hasta que llega al consumidor. Es más fácil transportar voltaje que corriente. Por ello, las compañías eléctricas trabajan con líneas de transmisión de voltaje elevado, que posteriormente se transforma.

El proceso es el siguiente: desde la planta generadora el alto voltaje llega a través de las líneas de transmisión a estaciones intermedias de potencia, donde se comienza a reducir, siendo así utilizado en industrias, o bien, continúa su viaje hacia otras subestaciones, reduciéndose de nuevo el voltaje por medio de transformadores para llegar de esta manera a pequeñas industrias y zonas residenciales, donde finalmente se termina de reducir el voltaje para uso doméstico con transformadores más pequeños. Una vez la corriente llega a los núcleos urbanos, se reduce la alta tensión (del orden de los 400.000 voltios) a tensiones menos elevadas (24.000 voltios) para su transporte por la ciudad. Sin embargo, encontramos líneas aéreas de muy alta tensión y enterradas dentro de las ciudades y en barrios residenciales.

En muchas ocasiones, encontramos líneas de alta tensión generadoras de fuertes campos electromagnéticos, absorbidas por la explosión demográfica. Algunas pueden verse sobrevolando edificios o muy cerca de ellos y otras están enterradas a pocos metros de zonas residenciales. Cerca de muchos edificios y viviendas podemos encontrar líneas eléctricas enterradas, algunas de ellas de altos voltajes, que contaminan a las personas que viven en sus cercanías. Las plantas bajas por su proximidad son las zonas más afectadas, aunque hemos llegado a medir elevados campos electromagnéticos en plantas superiores que superan lo considerado límite de riesgo desde el punto de vista epidemiológico. El enterramiento de la línea eléctrica no evita que el campo magnético salga al exterior contaminando una amplia zona a su alrededor en todo su recorrido. El problema añadido es que al no ver las torres ni los cables de las líneas, muchas personas no saben que están sometidas a dichos campos.

Al enterrar las líneas de transporte eléctrico, se pierde el elemento visual de advertencia que indica el riesgo en relación a los campos magnéticos que producen. Por ello, mientras no haya una regularización coherente con la realidad en el ámbito normativo, es conveniente informarse de la configuración de la red de distribución eléctrica de la zona, o bien, realizar unas mediciones como medida preventiva. Una forma de constatar el campo que produce una línea aérea de alta tensión, es situarse debajo de ella con un tubo fluorescente —sujetándolo con una mano por un extremo—, con lo que se puede observar que, en muchas ocasiones —especialmente si se aplica una toma de tierra—, debido a la microavalancha de iones, se produce la fluorescencia de la sustancia que recubre las paredes del tubo, “encendiéndose”. Para que esto ocurra, es suficiente un campo eléctrico de 6 o 7 kV/m. Con esta prueba, podemos darnos cuenta de la cantidad de energía que se desprende de esa línea y en qué medida puede llegar a afectarnos.

Los campos que se generan dependen de la tensión de la línea, de su intensidad y de la sobrecarga a la que esté sometida. Otros factores ambientales, como la temperatura o la humedad, también han de considerarse al evaluar los posibles riesgos: a mayor temperatura y humedad, mayor riesgo, ya que el campo llega a mayor distancia. Otro factor negativo de las líneas de alta tensión, es el efecto corona, es decir, la descarga eléctrica luminiscente producida entre dos electrodos, la cual genera, a partir del oxígeno del aire, moléculas de ozono (gas altamente tóxico y nocivo). En este caso, a la concentración de ozono que se produce de forma natural, hay que añadir la generada por las líneas de alta tensión. Igualmente, se producen óxidos de nitrógeno que, al combinarse con el agua de lluvia, originan la llamada lluvia ácida, especialmente sobre la vertical e inmediaciones del lugar donde se produce este fenómeno. Aunque también puede trasladarse debido a corrientes de aire que la transporten a otras zonas, con el consiguiente peligro que ello conlleva para las personas, animales e incluso para la vegetación.

El efecto corona provoca, igualmente, radiointerferencias, que pueden llegar a ser especialmente molestas para las personas que vivan en las cercanías de una línea, por los ruidos que pueden producir. Hemos comprobado valores superiores a 50 decibelios (dB) dentro de los edificios cercanos a líneas eléctricas o transformadores, lo que puede perturbar el descanso de sus habitantes, especialmente por las noches.


Transformadores

Los transformadores se usan para transformar corrientes en las subestaciones y redes de distribución eléctrica, y también los podemos encontrar en nuestras casas en muchos aparatos eléctricos y electrodomésticos. Están destinados a transformar unas determinadas magnitudes eléctricas (tensión, corriente) en otras proporcionales. La energía que absorbe el transformador, provoca campos electromagnéticos en sus inmediaciones. Ya sean grandes o pequeños, los transformadores generan un campo magnético a su alrededor. El mayor problema de los transformadores que encontramos en las zonas urbanas es su proximidad a las viviendas. Hay muchos casos en que el transformador se encuentra integrado en la propia estructura del edificio, en la planta baja o en el sótano, así como bajo la acera, y la distancia a la que se encuentran los habitantes de las casas situadas encima puede llegar a ser de escasos centímetros. En muchos edificios encontramos transformadores cuyas puertas metálicas en la fachada o rejillas en el suelo delatan su presencia. Muchas familias sufren elevados campos magnéticos durante años sin ser conscientes de los riesgos que corren ni de la causa de sus trastornos.

Dentro de las ciudades encontramos subestaciones eléctricas y grandes transformadores repartidos por doquier, afectando muchas veces al vecindario por el campo magnético que generan estas instalaciones.

La distancia de seguridad con respecto a un transformador es variable. En algunos casos, el campo llega a decenas de metros, y en otros unos cuantos metros son suficiente distancia para que su campo magnético deje de ser significativo. Aunque en muchas ocasiones, el mayor problema radica en las líneas eléctricas que entran y salen del transformador y que pueden afectar de igual forma a los vecinos.

Bien sea debajo, al lado o enterrados, los transformadores no deberían estar en las cercanías de zonas habitadas, y habría que separarlos a la distancia suficiente dependiendo de la corriente y del consumo. Otra posibilidad es el apantallamiento con láminas ferromagnéticas del habitáculo donde se instala el transformador para impedir que el campo electromagnético salga el exterior.

Otro de los peligros de las subestaciones y los transformadores eléctricos es el de explosiones e incendios. Todos los años se producen decenas de graves incidentes en relación a estas instalaciones.


El ferrocarril

Las líneas ferroviarias provocan fuertes campos electromagnéticos, debido a que funcionan con energía eléctrica. En ocasiones las podemos encontrar cerca de los edificios a distancias insuficientes para evitar los campos directos y los indirectos.

Al campo electromagnético que habitualmente producen, hay que sumar el provocado por las catenarias y los raíles mediante corrientes vagabundas; es decir, corrientes que no circulan específicamente por ningún conductor. Éstas pueden afectar a varios kilómetros a su alrededor, así como penetrar en los edificios a través de las conducciones de agua y las estructuras metálicas. Ello sucede especialmente en los terrenos húmedos, debido a que son más conductores.


Epidemiología residencial en bajas frecuencias

El Informe BioInitiative ha recopilado y analizado las conclusiones de más de 3.800 investigaciones científicas en bajas y altas frecuencias, y en relación a las frecuencias de extremada baja frecuencia concluye lo siguiente:

Leucemia infantil
Hay pocas dudas sobre que la exposición a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia causa leucemia infantil. Los niños que tienen leucemias y están en fase de recuperación tienen pocas posibilidades de sobrevivir si su exposición a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia está entre 1 miligauss (100 nanoteslas - 0,1 microteslas) y 3 miligauss (300 nanoteslas - 0,3 microteslas).

Cáncer de mama
Los estudios sobre mujeres en el puesto de trabajo sugieren de una forma bastante contundente la evidencia de que los campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia es un factor de riesgo para el cáncer de mama en mujeres con una exposición a largo plazo de 10 miligauss (1.000 nanoteslas - 1 microtesla) y superiores.

Dados los enormes riesgos durante la vida de desarrollar cáncer de mama y la crítica importancia de la prevención; las exposiciones a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia deben de reducirse para todo el mundo que está en ambientes elevados de campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia durante prolongado tiempo.

Estudios de células humanas de cáncer de mama y algunos estudios de animales demuestran que los campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia son un probable factor de riesgo para el cáncer de mama. Hay una evidencia documentada para conectar cáncer de mama y exposición a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y procede de estudios sobre la célula y en animales, así como en estudios con humanos.

Cambios en el sistema nervioso y en las funciones cerebrales
La enfermedad del Alzheimer es una enfermedad del sistema nervioso. Hay una enorme evidencia de que la exposición a largo plazo de campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia es un factor de riesgo para la enfermedad del Alzheimer.

Las consecuencias de exposiciones prolongadas de niños, cuyos sistemas nerviosos continúan en desarrollo hasta después de la adolescencia, es desconocido en estos momentos. Esto puede tener graves implicaciones en la salud adulta y en la sociedad si años de exposición de los jóvenes a ambos campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y radiofrecuencias tiene como resultado la disminución de la capacidad para pensar, razonamiento, memoria, aprendizaje y control sobre el comportamiento.

Efectos en los genes
Ambas exposiciones a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y radiofrecuencias pueden considerarse genotóxicas (que dañan el DNA) bajo ciertas condiciones de exposición, incluyendo los niveles de exposición que están por debajo de los límites de seguridad existentes.

Efectos en las proteínas del estrés
Niveles muy bajos de exposiciones a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y a radiofrecuencias pueden llevar a las células a producir proteínas del estrés, advirtiendo que las células reconocen las exposiciones a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y a radiofrecuencias como dañinas. Esta es otra importante vía en la cual los científicos han documentado que las exposiciones a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y a radiofrecuencias pueden ser dañinas y esto ocurre a niveles muy por debajo de los existentes estándares públicos de seguridad.

Efectos en el sistema inmunológico
Hay una evidencia substancial que los campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y las radiofrecuencias pueden causar reacciones inflamatorias, reacciones alérgicas y cambiar las funciones inmunes normales a niveles permitidos por los actuales estándares públicos de seguridad.

Mecanismos biológicos plausibles
El estrés oxidativo a través de la acción de radicales libres daña el ADN y es un mecanismo biológico plausible para el cáncer y enfermedades que implican daño por campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia al sistema central nervioso.

Nuevos límites reguladores para campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia están justificados. Los límites deben establecerse por debajo de estos niveles de exposición que se han relacionado en los estudios de leucemia infantil sobre el incremento del riesgo de la enfermedad, más un adicional factor de seguridad. Ya no es aceptable construir nuevas líneas eléctricas y complejos de instalaciones eléctricas que sitúan a la gente en ambientes sometidos a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia que han sido establecidos de riesgo a niveles de 2 miligauss (200 nanoteslas - 0,2 microteslas) y por encima.

Mientras los nuevos límites campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia están siendo desarrollados e implementados, un razonable planteamiento sería planificar un límite de 1 miligauss (100 nanoteslas - 0,1 microteslas) por cada ámbito habitable cercano a todas la líneas eléctricas y a 2 miligauss (200 nanoteslas - 0,2 microteslas) como límite para todas las de nueva construcción. Es recomendable que se establezca este límite de 1 miligauss (100 nanoteslas - 0,1 microteslas) para todos espacios habitables donde se encuentren niños y mujeres embarazadas. Estas recomendaciones están basadas en la admisión de que no es necesaria una mayor protección para los niños que no pueden protegerse por ellos mismos y quienes están bajo riesgo de padecer leucemias infantiles en ratios que son considerados altos para que puedan desencadenar una acción de regulación. Esta situación en concreto justifica extender el límite de 1 miligauss (100 nanoteslas - 0,1 microteslas) a los espacios existentes ocupados.

Finalmente el Informe BioInitiative concluye:
“No podemos ‘mantener las cosas como siempre’ más. Es tiempo que la planificación de nuevas líneas eléctricas, de nuevas casas, escuelas y otros espacios habitables entorno a ellos se ofrezcan con ambientes de bajos niveles de campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia”. Muchos otros estudios de todo el mundo muestran la relación causal entre vivir cerca de líneas de alta tensión y un aumento de cáncer infantil, pero sobre todo lo que indican es la relación causa-efecto entre la dosis y el porcentaje de riesgo. Además, se dan incrementos en las cifras de tumores cerebrales, suicidio, depresión, Alzheimer, diabetes, asma, enfermedades de corazón, y muchas otras, que también suceden entre los trabajadores expuestos a campos electromagnéticos.


Epidemiología ocupacional en bajas frecuencias

En los años 50, en la Unión Soviética se realizaron los primeros estudios sobre población laboral expuesta a las radiaciones generadas por líneas de alta tensión. Los operarios presentaban los cuadros típicos de las personas sometidas a la influencia de campos electromagnéticos de baja frecuencia, como son: estrés, migrañas, insomnio, irritabilidad, taquicardia, fatiga o cansancio injustificado. Mientras tanto, los laboratorios soviéticos detectaron síntomas neurológicos en trabajadores expuestos a radiación electromagnética.

Al estudiar distintas funciones fisiológicas en operadores de líneas de alta tensión, se comprobaron alteraciones en su sistema neurovegetativo, así como en el pulso y en la tensión arterial, inadaptación a las variaciones térmicas y descoordinación en la médula espinal. A partir de entonces, varios estudios (Asanova, 1960; Sazanova, 1967; Krisova, 1968) salieron a la luz, atribuyendo ciertos trastornos (estrés, ansiedad, insomnio, cefaleas, cansancio, debilidad…) en las personas sometidas a campos de extremada baja frecuencia generados en el trabajo. En 1972, Korobkova observó la presencia de anomalías en la temperatura corporal, al tiempo que hipotensión y alteraciones del ritmo cardíaco, en las personas expuestas a campos electromagnéticos de muy baja frecuencia.

Filipov llevó a cabo durante cuatro años un magnífico estudio entre más de trescientos trabajadores de subestaciones eléctricas y líneas de alta tensión. Los trastornos más frecuentes se establecieron en el sistema cardiovascular y nervioso central, así como en la composición de la sangre.

Uno de los estudios más conocidos en Occidente fue el realizado entre 1976 y 1980 por Geneviere Matanovski, de la Universidad John Hopstein de Baltimore, sobre 50.582 casos de cáncer en la ciudad de Nueva York, en el cual constató, una relación dosis-respuesta en trabajadores masculinos de empresas telefónicas. Matanovski, midió el promedio de exposición al campo magnético entre diferentes clases de empleados, observando que los empalmadores de cables, recibían la mayor dosis con diferencia respecto a los siguientes grupos, que son, por orden de dosis recibida: los empleados de oficinas y los instaladores.

Al comparar las tasas de cáncer entre los distintos grupos de empleados, Matanovski encontró que los empalmadores de cables, tenían cerca del doble de riesgo de contraer cualquier tipo de cáncer, con respecto a los empleados que no trabajaban en líneas telefónicas. Especialmente elevado, era el riesgo de contraer leucemia y linfomas. Los empleados de las oficinas centrales ocupaban el siguiente grupo de mayor riesgo, pues estaban sometidos a cortos intervalos de intensos campos electromagnéticos. En ellos, la tasa de cáncer, en general, era inusualmente elevada, aunque no llegaba a las cifras correspondientes a los empalmadores de cables. Si bien se observó que este grupo de operarios, presentaba el triple de probabilidades de contraer cáncer de próstata, y más del doble de contraer cáncer bucal.

Las conclusiones del estudio anterior, fueron corroboradas por David Thomas, del Instituto Hutchinson del Cáncer, en Seattle (Washington). Sobre 250 pacientes con cáncer de pulmón, Thomas determinó que aquellos que trabajaban expuestos a campos electromagnéticos presentaban el doble de riesgo de contraer la enfermedad, y que los que ejercían profesiones con mayor exposición —caso de electricistas, operarios de líneas de transporte eléctrico o de plantas o estaciones de transformación— presentaban un riesgo seis veces superior.

Los estudios ocupacionales han evidenciado una relación entre campo electromagnético y cáncer. Los epidemiólogos han encontrado que quienes trabajan en el sector eléctrico —como electricistas y operarios de líneas telefónicas— tienen un mayor riesgo de contraer distintos tipos de cáncer, particularmente tumores cerebrales y del sistema nervioso, así como leucemia.

A partir de la implantación en Canadá de la empresa eléctrica Hidro Quebec, en 1976, el porcentaje de nacimiento de niños varones aumentó en más del 600% entre los electricistas. Con esto, se observa la incidencia, no sólo en las personas expuestas, sino también en las futuras generaciones. En el año 1977, Dyshlovki llevó a cabo un estudio entre operarios de subestaciones y líneas de alta tensión, encontrando distintos trastornos en su función sexual.

En un estudio caso-control realizado en el área de Los Ángeles, Susan Preston-Martin y Wendy Mack, de la Universidad del Sur de California, concluyeron que los trabajadores masculinos con diez o más años de ocupación laboral en cierta variedad de trabajos eléctricos, tienen diez veces más riesgo de contraer cáncer cerebral que los hombres del grupo control. En Washington (EE.UU.), el doctor Milham realizó un estudio epidemiológico, entre 1982 y 1985, controlando 438.000 casos de fallecimientos por leucemia entre los años 1950 y 1979. Una vez terminado el estudio, constató un mayor índice de muertes por leucemia entre los trabajadores de centrales eléctricas, porcentaje que se elevó por encima del 50%, y comprobó un mayor índice de cáncer de pulmón y linfático. Estos resultados confirmaron los obtenidos en otros estudios anteriores.

Wrish (Los Ángeles, EE.UU. 1972-1979) encontró un riesgo de contraer leucemia aún más elevado (173%) que el estudio de Milham. Igualmente, McDowall y Coleman de Inglaterra confirmaron en estudios independientes, en 1983, una relación entre la leucemia y ciertas profesiones del sector eléctrico, cuyos trabajadores estaban sometidos a frecuencias de 50 hercios. Resultados similares obtuvo R.S. Lin, en 1984, como también Gilman, Pearce, o Calle y Savitz, en 1985.

Vaguero y Olin publicaron ese mismo año un estudio, según el cual se observaba una mayor incidencia de cáncer en general entre los trabajadores del sector eléctrico en Suecia.

Respecto a la exposición laboral, el 29 de Junio de 1994, el Departamento de Trabajo e Industrias del Estado de Washington decidió que un trabajador del sector del aluminio tenía derecho a cobrar una indemnización, y reconoció el carácter laboral de su enfermedad. Este hecho sucedió ante la reclamación por compensación laboral y las pruebas que presentó el afectado, ya que su médico, Samuel Milham, encontró relación entre la exposición a los campos electromagnéticos y el cáncer en los trabajadores de la fundición de aluminio. El doctor Milham en dicha investigación que llevó a cabo en fundiciones de aluminio, concluyó que éstas presentan unos elevados niveles de contaminación electromagnética en sus recintos, y que los trabajadores no parece que sufran otros tipos de cáncer como el de pulmón que no se relaciona con la exposición a campos electromagnéticos. Esta fue la primera vez que una institución gubernamental adoptó una determinación de este calibre.

Respecto a la posibilidad de que los campos electromagnéticos de baja frecuencia afectaran a la descendencia de las personas expuestas, Nordstroem llevó a cabo un estudio, en el año 1983, donde se observa que no sólo los campos electromagnéticos afectan a quienes están expuestos, sino también a su descendencia, a través de la reproducción y la transmisión hereditaria. En su informe, constata un mayor número de casos de malformaciones en hijos de operarios de unidades de conmutación eléctrica.

En 1984, el sueco Norderson demostró que los trabajadores con empleos eléctricos, presentan un índice de roturas cromosómicas cinco veces mayor que otras profesiones no sometidas a campos electromagnéticos durante su jornada laboral. Al poco tiempo, en 1985, salió a la luz otro estudio, realizado por las doctoras Margaret Spitz y Christine Cole, del Hospital M.D. de Houston (Texas), en el cual se informaba de que el riesgo de contraer cáncer cerebral era mayor en niños menores de 2 años, cuyos padres hubiesen estado expuestos en su trabajo a campos electromagnéticos artificiales.

Lo más significativo de dicho informe, deriva del hecho de que ni la madre durante el embarazo, ni los niños después del nacimiento, estuvieron expuestos a campos electromagnéticos. De ello se deduce que el cáncer cerebral de los niños, sólo podía provenir de las modificaciones genéticas provocadas en sus padres al estar sometidos a campos electromagnéticos, que, posteriormente, eran transmitidas a sus descendientes.

En un estudio realizado por el Departamento de Neuromedicina junto con el Instituto Nacional de Sanidad Laboral de Suecia, se analizó la posible conexión entre la exposición laboral a los campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia y la leucemia o los tumores cerebrales.

La valoración de la exposición se basó en mediciones in situ de los operarios en su lugar de trabajo. Los diagnósticos de cáncer fueron verificados en los historiales médicos, y los casos y controles fueron muestras representativas de la población masculina en general.

Se pudo apreciar en un período máximo de ocupación laboral de 10 años, una clara asociación entre el riesgo de leucemia y la exposición a campos electromagnéticos, especialmente en casos de leucemia linfocítica crónica. El riesgo relativo aumentó junto con el nivel de exposición. Se comprobó que entre los pacientes con este tipo de leucemia era más común el hecho de haber tenido alguna vez en su vida un empleo con alto nivel de exposición.

También en el caso de tumores cerebrales, los resultados reflejan un aumento del riesgo. En el caso concreto del tumor cerebral, el riesgo relativo se elevó conforme se incrementaba la exposición a campos de extremada baja frecuencia. Ello se dedujo basándose en los valores promedios recibidos durante las horas de trabajo, los cuales se habían obtenido en la década anterior al diagnóstico.

No se consideró probable que en el caso de la leucemia los resultados pudieran explicarse por otros factores de riesgo a los que estuviesen sometidos quienes la padecían, como, por ejemplo, el benceno, radiaciones ionizantes, pesticidas, disolventes o el hábito de fumar, ni que tuviesen influencia decisiva en los resultados sobre los tumores cerebrales. Las conclusiones de este estudio clarifican y sustentan la hipótesis de que la exposición laboral a campos electromagnéticos de extremada baja frecuencia es un desencadenante para el desarrollo de determinados tipos de cáncer. Por tanto, los operarios expuestos a estos campos presentan un elevado riesgo de contraer leucemia crónica linfocitaria, según denuncia el Instituto Nacional de Sanidad Laboral de Suecia. Las profesiones con mayor riesgo son: conductores de trenes eléctricos, ferroviarios de vías electrificadas, empleados de metro y trenes eléctricos, personal de aviación y centrales eléctricas.

El investigador Joseph Sobel de la Universidad del Sur de California expuso en un congreso realizado en Minneapolis los resultados de tres estudios (dos se realizaron en Finlandia y otro en Los Ángeles, y se incluyeron 386 pacientes) que demuestran la relación entre la exposición laboral a fuertes campos electromagnéticos y un mayor riesgo de contraer enfermedades cerebrales degenerativas. Las personas expuestas a dosis elevadas tuvieron un riesgo tres veces mayor de desarrollar la enfermedad de Alzheimer que los no expuestos a campos eléctricos.



Extraído del libro:
 
"La enfermedad silenciada"
Raúl de la Rosa
Responsable de Contaminación electromagnética
Fundación Vivo Sano

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